martes, 25 de enero de 2011

Entre dos amores

Carlos Morán
Eulalia siempre ha vivido en una dimensión donde no entran los chismes y mucho menos comparte su intimidad con nadie como tal vez lo hace usted, por lo mismo quienes la conocen no la voltean a ver, gracias Dios, porque si hubieran sabido de su vida y cómo mantuvo la felicidad, la hubieran hecho picadillo y no hubiera contado lo que hoy comparto con usted.

Nació en Comitán de Domínguez Chiapas y fue educada por una familia de tradiciones rígidas; la misa de 6 los domingos era imperdonable. Los días de Semana Santa, su madre le enseñó a vestir de luto porque aseguraba que el Señor estaba tendido y debía compartir ese sufrimiento con estoicismo, como penitencia a sus pecados y aunque repicaba que no tenía ninguno, su madre también le decía que le servirían por los que un día cometería.

Terminó la primaria y su madre decidió que una niña como ella a lo más que podía aspirar era a ser una taquimecanógrafa, así que se hizo experta en esa técnica y por las tardes aprendió a bordar punto de cruz, puntada de abeja y otras manualidades más que la pulirían en el ambiente femenino dándole un barniz de alto valor para el mercado matrimonial. Hasta que un día, antes de cumplir veinte años se casó con el sobrino rico de un ex gobernador que tenía una hacienda, la más bonita de Comitán situada en los límites con Las Margaritas.

Con este hombre conoció todas las travesuras del amor y nunca pensó que tantas acrobacias pudieran hacerse en una cama tan estrecha como la que compartían y mucho menos lo que ambos se metían a la boca. Siempre lo comparó como un Dios porque aseguraba aún al final de sus días que amante como él, no había otro en este planeta, pícaro, juguetón e incansable.

Eulalia enviudó cuando tenía treinta años y de aquel gran amor tormentoso, dos hijos le habían quedado. Su boda fue espectacular, abandonó su casa vestida de blanco y caminó del brazo de su padre por las principales calles de la ciudad hasta llegar a la iglesia de Santo Domingo; su educación tradicional y estricta la formaron con un temple de hierro, tanto que muchos hombres se acercaban a ella por la pobre idea de que una mujer sola requería de un macho y que sin él no podría sobrevivir.

Siempre aceptó que su marido la había traicionado más de mil veces y que hasta había sido cobarde con ella en muchos enfrentamientos por sus atrabancadas aventuras públicas, pero decía que hasta los hombres más íntegros y valientes suelen fallarle a las mujeres, y sabía de que había sido el único hombre en su vida, se consolaba para no pecar ante tales acosos asumiendo que no hallaría nunca otro que lo superara en sus encantos...

La muerte de su esposo nunca ha podido narrarla con precisión, desapareció en una de sus juergas cuando se marchaba con un trío de amigos a pescar a Paredón. La barca se hundió y todos se salvaron, menos él, era su único remordimiento que la atormentaba de noche, ya que al no recibir cristiana sepultura, suponía que su alma andaba en pena buscando reposo, pero tampoco perdía de vista que ese hombre la siguió el poco tiempo que estuvo viuda para levantarle la mano cuando sentía desvanecer ante los problemas de su existencia y del par de niños traviesos que crecieron y se casaron.

Treinta años después se le aparece de vez en cuando, pero no su primer marido, sino Pedro Manuel. Aunque ahora le fallan los ojos y suele confundirlo con otros fantasmas del pasado en su casa que es grande, que ocupa casi media manzana incluyendo patios y un pequeño jardín donde siembra verduras; sus paredes de adobe, muy gruesas y los techos, muy altos con vigas de roble, cedro y chiche, no pierde de vista que quien la sigue, es por amor y no por otra cosa.

Esta casona tiene muchos escondites donde pueden instalarse ánimas errantes, demonios o la muerte misma. Se pierde todavía en esa mansión, caminando de noche de insomnio y aclamando la mano de Pedro Manuel sobre su vientre. Pedro, fue su segundo amor y con el que agradeció a la vida como premio a más de diez años de desgracias toleradas a su primer y finado esposo.

Extraña a Pedro, un hombre que la salvó de la maldad de un aventurero quien deseaba tomarla a la fuerza, el mismo que la cortejó con poesía y flores, además de mucho dinero. Con él vivió el amor de juventud que no pudo tener con su primer marido, aunque no lo superó en travesuras y acrobacias nocturnas a la hora de hacer el amor; dice que fue él único que siempre le tendió la mano y lo hizo por espacio de treinta años como si se tratara de una reina.

Fue el hombre que apareció un día como un rayo fulminante llenando todo su espacio de luz y de la misma forma se fue. Durante mucho tiempo Eulalia contuvo el deseo carnal sabiendo que era un abismo profundo que se abría a los pies y que la invitaba a dar un salto y perderse; es una mujer cuerda que siempre ha conocido la fiesta y el tormento de la pasión ya que los había vivido con su primer marido, de quien siempre dijo era un amante divertido e incansable, tal vez por eso siempre le perdonó tantas maldades.

Con Pedro Manuel comenzó una nueva página en su vida que inició con una suave amistad sazonada con largas horas de entrega que al terminar, abandonaba la casa como intruso. Al lado de Pedro Manuel pudo saborear el exacto extracto de las frutas, el aroma de las flores, el color y de pronto todo se volvió intenso, comprendió que era el hombre que la vida le tenía reservado como pago a su rectitud y buena conducta.

En realidad no se casaron nunca y poco le importó a Eulalia lo que despotricaran los demás, era firme en sus decisiones que, cada vez que Pedro organizaba todo para la firma ante el juez y la entrada triunfal en la única iglesia del pueblo que vestiría alfombra roja, terminaba cancelando todo porque aseguraba que la felicidad de ambos solo acarrearía envidias. Así, organizando y desbaratando la boda pasaron muchos años, tanto que transitaron desapercibidos de las lenguas viperinas de las señoras de la vela perpetua de San Caralampio hasta el día que volvió a enviudar, eso sí, no perdió ni su alegría y mucho menos su encantador carácter de hierro.

Cuando conoció a Pedro Manuel y supo que no había retorno atrás concluyó que Dios la había ayudado a mantener su forzada castidad y entendió que Dios también debía ser complaciente con sus hijos buenos, ya que si perdonaba agravios cometidos por miles de hombres contra mujeres, ciertamente perdonaría las debilidades de una pobre mujer que no había buscado pecado, sino un hombre lleno de amor que la había encontrado.

Pedro Manuel era un hombre rico, por suerte, ya que gracias a él sus hijos estudiaron y se casaron, lo respetaron como se respeta a un padre de verdad y no le fallaron, él mismo entregó Marifer en la iglesia el día que se casó, y con él compartieron todo incluyendo la llegada de siete nietos, los mismos que revolucionaron la casa y la pintaron de colores con sus gracias. Aunque no puede narrar con precisión lo que este hombre representó para ella, vivió durante treinta años inmensamente feliz.

Siendo viuda la primera vez, ya hemos dicho que muchos la acosaban, y es que no era una mujer común, sino más bien una hembra de carácter que no hacía caso a ningún hombre. Entendía la naturaleza masculina como una de las peores para engañarse creyendo que era amor. Su tremenda figura alborotaba a toda la población machista, quienes se deleitaban con el movimiento de sus caderas, caminaba con firmes trancos de gitana y el reflejo del sol en sus cabellos cobrizos, demostrando seguridad y fuerza, condiciones no muy comunes en una mujer de nuestros tiempos.

Con Pedro Manuel a su lado el tiempo parecía haberse detenido y así pasaron treinta años y cuando él cumplió setenta de edad, una mañana cuando charlaban bebiendo café, un duro golpe en el brazo derecho le quitó el aire. Nadie hubiera creído que segundos después apretara fuertemente la mano de Eulalia como despedida de este mundo.

Se habían conocido cuando un abusivo hombre la quiso besar a la fuerza arrinconándola en el portón de su casa, cualquiera lo hubiera visto como un hombre valiente que buscaba algo más, pero para ella se convirtió desde ese momento en el único héroe de su vida, el mismo que no la conquistó sino que dejo como buen hombre que el amor y el tiempo los uniera sin prisa alguna…

Le dio un funeral con pompas y lo veló en el salón principal de la casa hasta donde se volcó todo el pueblo así como una fila larga de pordioseros que recibían semanalmente una cantidad de sus manos. Sacrificaron una res; con algunas piezas hicieron un guisado en tremendas palanganas y más de dos mil tamales envueltos en hojas de pitahú que cincuenta mujeres amarraron para los que llegaron a darle el último adiós.

Eulalia estaba más entretenida en dar buen servicio que en el luto y fue hasta después de dejarlo en el panteón cuando cerró el portón de la casa y el duro golpe de madera la hizo reaccionar. Cayó hincada en el piso bañada en un llanto incontrolable, estaba sola y una vez más uno de sus deseos no se habían cumplido, habían pactado con Pedro Manuel que él le cerraría los ojos y después vendría por él, pero éste se fue antes de tiempo y sin tanta despedida más que el apretón de manos.

Otra vez estaba viuda aunque sin haberse casado con Pedro Manuel. Ahora se pierde en la mansión, hace meses que no duerme, y cuando la servidumbre se retira, recorre la casa con una lámpara, examina las grandes habitaciones de paredes blanqueadas con cal y los techos azules, endereza los cuadros y las flores en los jarrones. En realidad nuestra amiga Eulalia, anda cazando la muerte, a veces ha estado tan cerca de ella que ha podido sentir su fragancia a ropa recién lavada.

Eulalia dice que la muerte es juguetona, se escabulle y se oculta en la multitud de espíritus que habitan en la casa, entre ellos el del pobre Lalo, su primer marido, quien la siguió todo el tiempo, pero está segura que una noche, la menos esperada llegará Pedro Manuel, con quien asegura, seguirá viviendo su leyenda de amor.

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